La libertad: el sello pedagógico del jardín de la cárcel de mujeres de Santiago

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La libertad: el sello pedagógico del jardín de la cárcel de mujeres de Santiago

Dentro del Centro Penitenciario Femenino de Santiago, un lugar sobresale por sus llamativos colores. Es la Sala Cuna y Jardín Infantil Rayito de Sol, un espacio de aprendizaje libre donde los niños y sus madres, son los protagonistas.

Escrito por: Camila Londoño

abril 13, 2018

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Después de dejar el celular en la entrada, recibir una identificación de ingreso y pasar por una minuciosa revisión, caminas a lo largo de un corredor que es algo inhóspito. De repente, aparecen unas puertas llamativas que aparentan no tener nada que ver con el ambiente de una cárcel. Esas puertas, de color rosa y azul, tienen pintados dos animales: un alce con camiseta (polera) de rayas y una hipopótamo con vestido amarillo de flores. Los colores, la caricaturización de los animales y unas letras coloridas que dicen “sección cuna”, indican que algo diferente sucede allí adentro. Una gendarme abre las puertas revelando “el misterio” de aquel espacio que rompe con el clásico estereotipo carcelario de las rejas y los tonos grisáceos.

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Una vez adentro, los colores explotan aún más. Se ven juegos, se ve un huerto, se ven aulas, se ven niños, y por supuesto, educadoras que interactúan constantemente con ellos.

Entre ellas está Carolina Ubilla, directora, educadora y asistente administrativa de este espacio llamado Rayito de Sol, una sala cuna de la Fundación Integra, que está ubicado al interior del Centro Penitenciario Femenino de Santiago de Chile desde hace 17 años. Carolina trabaja con cuatro técnicos en párvulos –a quienes llaman agentes educativos–, que se distribuyen en las dos salas del jardín: la sala cuna menor y la sala cuna mayor. Junto a ellas trabajan, en cada sala, una auxiliar de servicio y una manipuladora de alimentos de Junaeb –Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas–.

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Elige Educar (Carolina Ubilla)

El trabajo que este equipo realiza se da entre las 8:30 am y las 4:30 pm, tiempo en el cual ingresan los niños de las madres internas que han optado por integrar a sus hijos en este jardín que hace parte de un programa de Gendarmería llamado “Creciendo juntos”. Muchas de ella trabajan, estudian o realizan talleres a lo largo del día y por ende, aprovechan este espacio. Quienes no realizan otras labores, porque están a punto de cumplir con su condena o por otras razones, tienen un horario más flexible y pueden optar por media jornada para pasar el resto del día fortaleciendo el vínculo con sus hijos. Generalmente estas madres empiezan con media jornada y luego la extienden a jornada completa pues descubren que pueden, además de compartir con sus bebés, ser parte activa del jardín.

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Elige Educar (Madres de una niña de 7 meses y una niña de 3 meses)

La decisión de las madres es voluntaria, sin embargo, como parte del programa “Creciendo juntos”, hay una dupla psicosocial que en un proceso de acompañamiento, promueve el ingreso de niñas y niños a la sala cuna.

El rol de la dupla es clave, al igual que el de las funcionarias de gendarmería. Sin embargo, hay otro rol que es fundamental en la estructura de este programa que funciona de manera articulada: el de la directora-educadora y el de las técnicas en educación parvularia, quienes están a diario con los niños. Son ellas quienes están a cargo de la sala cuna menor donde están los menores hasta los dos años y la sala cuna mayor, donde hay un grupo de niños más grandes pero también más heterogéneo, pues la división que se ha hecho en este jardín gira entorno al desarrollo motor de los niños y no sólo a la edad. De esta forma, las educadoras buscan potenciar mucho más todas sus habilidades. Este enfoque va muy de la mano con el proyecto educativo del jardín que además de tener un sello emocional, se ejecuta bajo la pedagogía Pikler.

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“Esta pedagogía habla de la libertad de movimiento del niño y del trato respetuoso hacia ellos”, explica Carolina.

¿Qué significa esto?, que respeta el ritmo y el desarrollo de cada uno de ellos. Además, a partir del desarrollo motor –que es un pilar fuerte en la metodología– y a partir de la actitud respetuosa del adulto, se desarrolla también la autonomía emocional de los niños. En Pikler, el adulto sólo interviene cuando el niño lo requiere; éste cumple un rol más contenedor o de apoyo. Esto sucede a lo largo del juego, pero también durante los momentos de cuidado –como la hora de la alimentación–, pues estas instancias, comenta la educadora, permiten fortalecer un lazo importante. Por lo mismo, en el jardín Rayito de Sol los niños son alimentados uno a uno, bien sea por las agentes o por las madres que son invitadas a ser parte de este proceso. “Ese momento es un vínculo afectivo, implica una conversación, un mirarse, un saber, un entregarse al niño”, explica Carolina.

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Hay otros objetos y rincones del jardín que dan cuenta de este sello pedagógico.

Por ejemplo, las colchonetas “tatami”, que son más firmes pues permiten que el niño descubra cómo moverse libremente con mayor facilidad. Si las colchonetas fueran suaves, tendrían mayores dificultades en un proceso en el cual las educadoras no intervienen demasiado. “Si el niño está de espaldas y quiere dar la vuelta, nosotros no adelantamos ese movimiento, dejamos que lo descubra solo y si llora porque no lo logra, lo ponemos en la posición inicial para que descubra su propia forma. En ese sentido hay que ser respetuoso”. Como explica la educadora, el ambiente educativo de este jardín está enriquecido e intencionado para que el niño pueda interactuar con el espacio y genere aprendizajes, por esta razón, cada rincón y cada tiempo, tiene una razón de ser. Por ejemplo, la sala cuna mayor está dividida en sectores de aprendizaje donde el adulto actúa como mediador mientras que el niño juega libre la mayor parte del tiempo. Además, frente a cada sala hay unos estantes donde todos –niños y educadoras–, deben dejar sus zapatos. Esto sucede porque en la pedagogía Pikler, los niños no utilizan zapatos; mientras aprenden a caminar necesitan sus pies libres para tener el control sobre éstos y así, equilibrarse mejor. Por esto, durante el verano, los niños y las educadoras están descalzos y durante el invierno, utilizan calcetines con antiadherente.

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En todos estos procesos, las madres -a pesar de estar en un contexto complejo-, cumplen un rol fundamental.

La ciencia ha demostrado que los primeros dos años de vida son fundamentales para el desarrollo físico, social y cognitivo del niño y en ese sentido, el jardín se ha encargado de fomentar espacios donde ellas, como madres puedan contribuir al desarrollo integral de hijos e hijas. La sala cuna está siempre abierta para ellas, para quienes están embarazadas y para quienes se convirtieron en madres allí adentro. Muchas de ellas se están enfrentando por primera vez a la crianza y el papel del jardín es orientarlas en este proceso, darles consejos y recomendaciones para que entiendan la importancia de ese vínculo. Por lo mismo, dentro de este espacio se realizan talleres, se invita a la madres a alimentar y calmar a sus hijos, y se realizan todo tipo de actividades para que ellas puedan participar de la crianza tal como lo harían si estuvieran afuera. Un ejemplo de esto es el pequeño huerto del jardín, que si bien fue creado para trabajar con los niños, se convirtió también en una actividad vital para sus madres.

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Todo este periodo no sólo es una preparación para los niños, también lo es para las madres quienes muchas veces, por buena conducta, cumplen su condena antes del tiempo estipulado y tienen la posibilidad de salir de allí junto a sus hijos cuando cumplen dos años, momento en el cual, por reglamento, ellos deben egresar del jardín infantil.

“Existen dos aristas: uno que son los niños y niñas y otra que son las madres. Con respecto a los niños es importante destacar que en sus dos primeros años de vida, el cerebro tiene un mayor crecimiento y por lo tanto, en este contexto estamos generando igualdad de oportunidades al tener una sala cuna dentro del centro penitenciario, un espacio enriquecido para fomentar aprendizajes en este periodo. Y por otro lado tenemos a las madres con quienes, a través de un trabajo constante, se generan apegos seguros y patrones de crianza positivos que no solo los impacta a ellos, sino también a ellas”, explica la directora.

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El impacto en el Rayito de Sol es doble.

Por un lado, los niños están teniendo una ventana de oportunidades esenciales para su desarrollo y por otro lado, se ha comprobado, según cuenta la educadora, que la participación de las madres en aquel contexto pedagógico, ha generado muy buenos índices de reinserción dentro de la sociedad. Esto es importante para ellas y su futuro, pero también lo es para sus hijos, quienes a sus dos años de edad deben salir de este espacio en el cual, paradójicamente y muy a su favor, se les ha ofrecido libertad; la libertad de ser niños, la libertad de aprender, de jugar, de desarrollarse a su propio ritmo, la libertad de estar con sus madres, aquellas mujeres que a pesar de estar cumpliendo una condena, están aprendiendo y recibiendo las herramientas que necesitan para permitir que sus hijos puedan seguir creciendo libres.

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2018-04-16T11:08:06+00:00 abril, 2018|Cómo aprenden los niños|0 Comments

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