
La formación de profesores es, sin duda, la madre del cordero de la calidad de la educación. Si lográramos reenfocar el debate sobre educación en la calidad, de esto tendríamos que hablar en primer lugar. Los profesores son la clave. Los estudios demuestran que un buen profesor es casi todo lo que se necesita para aprender. Tanto así que, en mi opinión, en algún minuto podríamos dejar tranquilos a los estudiantes, no medirlos más a ellos, sino solo los conocimientos y el desempeño de sus profesores en la sala de clases, como medida de la calidad. Antes que eso, por supuesto, deberíamos destinar buena parte de las energías a definir qué constituye una formación inicial docente de calidad. Lamentablemente, sin embargo, no es fácil llegar a acuerdos respecto de cómo se debe formar a los profesores o cómo se aprende a ser profesor.
Algunos dicen y otros no (pero lo piensan) que las carreras de Educación no tienen mucho sentido y que a ser profesor se aprende en la práctica. Cunde sobre todo entre los profesionales más cercanos a las escuelas, la sensación de que los egresados de las carreras de pedagogía llegan sin saber mucho cómo desempeñarse en una sala y que basta con sumar experiencias para convertirse en un buen profesor. Detrás de esta idea hay convicciones y debates respecto de si la docencia es una profesión puramente práctica o si hay en realidad alguna teoría que sustente el ejercicio de enseñar. A mi modo de ver, son síntomas de este tipo de convicción las políticas que invitan a profesionales de cualquier área a trabajar como profesores y aquellas que suponen que entregar un par de métodos prácticos a los profesores en ejercicio basta para introducir grandes mejoras en el aprendizaje.
¿Qué es eso que se adquiere con los años de práctica?; ¿pueden realmente un ingeniero o un contador ser buenos profesores de matemática, o un periodista un buen profesor de lenguaje? Para aquellos que creen (lo digan fuerte o no) que el saber docente es principalmente el resultado de años de ensayos y errores al frente de unos niños, seguramente cualquier profesional puede hacer buenas clases. Si la docencia es principalmente práctica, entonces las carreras de educación podrían transformarse para incluir en un par de años unos cuantos cursos de saber disciplinario (ej: de lenguaje, de matemática, de historia) más un tiempo considerable de práctica profesional, para aprender a enseñar dichas disciplinas en el ejercicio mismo (aprender haciendo, para ponerle nombre).
Sin necesariamente sobrevalorar la experiencia “clínica”, impera en nuestras carreras de educación una formación que distancia la teoría de la práctica. No solo no conviven los cursos teóricos con aquellos relacionados con la enseñanza, sino que puede que no lo hagan tampoco los académicos dedicados a uno y otro extremo del espectro. La consecuencia es una formación fragmentaria, imposible de integrar en el ejercicio docente: principios teóricos encapsulados y experiencias prácticas despegadas de la teoría.
Es curioso este problema y seguramente explica en parte por qué en el campo de la Educación (al cual la mayoría se niega a llamar disciplina), hay muchos más especialistas dedicados a hablar de políticas públicas, de sociología o filosofía de la educación, o de cualquier otra disciplina solidaria al fenómeno educativo, que especialistas en enseñanza y aprendizaje. Esto de la sala de clases parece tener mucho menos sex appeal académico.
Con todo, hay propuestas disponibles de formación de profesores que superan la señalada fragmentación en la formación inicial docente. Dichas propuestas surgen de la convicción de que a enseñar no se aprende por ensayo y error, de que el ejercicio docente involucra un conocimiento experto y susceptible de ser comunicado y enseñado; de que la docencia no es meramente una técnica, sino un ejercicio complejo de articulación de conocimientos teóricos y prácticos, tanto como creencias de distinto orden, que permiten a un profesor comprender y desempeñarse de una cierta manera en una sala de clases.
Los buenos profesores no son magos, no nacen sabiendo cómo enseñar y no derivan sus prácticas de la pura vocación. Recuerdo a mi profesor de lenguaje del colegio, el causante seguro de mi amor por las letras, y me convenzo aún más de que entre él y tantos otros docentes menos destacados que me tocaron, había mares de saber de diferencia.
Curiosamente hace poco redacte un ensayo de postulación a magister y me basé en lo mismo. Según mi propia experiencia, la clave es exponer a los futuros profesores al aula desde segundo año de estudios de pre grado. Preferencialmente que partan en colegios “de alta vulnerabilidad”… el manejo en el aula es definitivamente el punto clave. El cómo planificas y como aplicas es más cuento de cuanto amas tu profesión y qué tan dedicado eres… la práctica hace al Maestro.
“Para aquellos que creen (lo digan fuerte o no) que el saber docente es principalmente el resultado de años de ensayos y errores al frente de unos niños, seguramente cualquier profesional puede hacer buenas clases.” Y los pobres niños sufren las consecuencias de los malos profesores. Es imposible que esa sea la fórmula. Totalmente de acuerdo.