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  • Así es enseñar ciencias en una comunidad aimara

    Hace 28 años, Mauricio González (57), profesor de ciencias, junto a su esposa, profesora de educación básica, decidieron irse a trabajar a uno de los lugares más aislados de Chile: Colchane, una localidad a 260 km de Iquique hacia la cordillera, muy cerca de la frontera con Argentina, a 3.800 metros sobre el nivel del mar. Se conocieron cuando estudiaban en la universidad de Tarapacá y siempre coincidieron en que su sueño era hacer clases en escuelas rurales.

    El pueblo de 1.600 habitantes, tiene un liceo técnico profesional que se encuentra en medio de una comunidad 100% aimara. Ahí comenzaron a trabajar. Los primeros días no fueron fáciles: “fue muy complicado, porque las comunidades nos hicieron sentir que no éramos parte de su cultura. Ellos querían profesores aimaras. Se resistieron a nuestro trabajo”, recuerda Mauricio González.

    Vivieron con esa sensación durante cuatro años. Pero siguieron intentándolo. Comenzaron a estudiar la cultura, a conocer sus necesidades, a involucrarse con la comunidad. Mientras se adaptaban, algunas personas se acercaron a Mauricio para pedirle ayuda: pretendían sacar octavo básico para obtener licencia de conducir. Iban a la escuela en las tardes para estudiar. Tras un par de meses ayudándolos, se corrió la voz en otros pueblos de lo que hacía el profesor y hubo personas que quisieron ser parte del proyecto.

    “Se les hizo las clases. La gente fue aprendiendo las operaciones básicas, luego cosas más prácticas como legislación laboral o redacción de cartas de curriculum. Así me fui ganando la gente. Tuvieron otra mirada de mí”, asegura Mauricio. Mientras se ganaba su confianza, debía internalizar una cultura muy distinta a sus propias raíces: el profesor de ciencias había nacido en Santiago.

    Cuando llegó junto a su esposa, la gente sacaba agua de pozo. Él no sabía hacerlo. El balde pesaba casi 30 kilos y era la única forma de abastecerse. Así como él enseñaba ciencias, la comunidad le fue enseñando su forma de vivir.

    “Ellos sienten un cariño por la tierra que los citadinos no entienden. He visto un grupo de cinco personas tiradas en el suelo de guata conversando, con sus gorros puestos. Uno dice chuta, van a quedar todos cochinos. Pero lo hacen porque parados el viento les pega más fuerte. Y quedar llenos de tierra para ellos no es suciedad, porque la tierra es la Pachamama, es la que los cuida, abriga, la que les da de comer”, cuenta González.

    El profesor de ciencias vio que lo que él enseñaba tenía paralelismo con la ciencia aimara. A 260 kilómetros de la ciudad más cercana, comprendió que el medio hace a las personas. Entonces, como ellos conocen su medio y él la ciencia, los aprendizajes debían ser con elementos de su propia cultura. “Era la única forma para que los aprendizajes fueran significativos”, asegura.

    Adaptando la ciencia a la cultura aimara

    Mauricio González, tras años conociendo a los aimaras, llegó a una conclusión: su mayor característica era el pragmatismo, por ende debía convertir sus clases en experiencias prácticas.

    Lo primero que hizo con los alumnos, fue confeccionar un muestrario con las hierbas más utilizadas por la comunidad, explicando para qué sirve cada una. Con eso, pretendía que los estudiantes comprendieran el ecosistema altiplánico. “Acá los antepasados son muy importantes. A los abuelos se los respeta”, dice el profesor. La comunidad vive una constante pugna entre la medicina tradicional y la ancestral. “Yo les decía que igual se colocaran la inyección cuando estuvieran enfermos, pero también que se tomaran las hierba con las que trabajamos, tal como lo recomiendan los abuelos”, asegura.

    Archivo personal

    Su método consiste en cubrir las necesidades de los alumnos con la materia que pasa en clases, para que el curriculum creado desde el Ministerio de Educación cobre sentido en sus vidas. Por ejemplo, para enseñar la materia de reacciones químicas, usa una práctica popular en la cultura aimara: el teñido de las lanas.

    El proceso conocido por la comunidad es así: tres kilos de Cipu Tola, clásica hierba aimara, se ponen a hervir en un recipiente. Luego se pasa a otro fondo y queda un líquido verdoso, transparente. Se le echa dos cucharadas de sulfato de cobre produciendo una reacción química: el agua toma un color amarillo. Luego se meten las lanas al recipiente, se espera media hora, se dejan secar y éstas saldrán teñidas. “Los alumnos ya lo habían hecho antes, pero no sabían por qué se producía ese fenómeno. Entonces nosotros lo replicamos, aunque variamos un poco la fórmula. En vez del amarillo logramos un color mostaza. Así les explico qué reacciones químicas se producen y por qué se resulta tal color”, explica el profesor.

    Cuando Mauricio quiso explicar la erosión del viento y agua a las rocas, llevó a sus alumnos de exploración. Llegaron hasta la quebrada de Aroma, por donde pasa un río. Luego de pasar por tres tazones de agua, encontraron una cueva, que el profesor había visitado previamente. Sentados en ese lugar, mirando las marcas en las rocas provocadas por el viento y el agua, hizo su clase.

    Archivo personal

    Los resultados de su trabajo

    Según la directora del colegio, Marianella Canales, actualmente Mauricio González es muy respetado por la comunidad, sobre todo por sus años de servicio en Colchane. “Él es un Einstein y un amante de la naturaleza. Siempre está sugiriendo nuevas ideas en el colegio para mejorar las prácticas pedagógicas. Los profesores acá le piden su opinión para hacer algo”, cuenta.

    La dedicación de Mauricio se ve en detalles como éste: En Colchane no hay librería ni ferretería. A la hora de hacer las clases debe planificarlas con tiempo y muy bien, porque sólo cuando viaja a Iquique cada 15 días puede comprar los materiales necesarios para hacer la clase. La plata sale de su bolsillo, aunque asegura que el gasto no es elevado pues trata de utilizar los elementos de su entorno

    El profesor de ciencias, que hace clases en un sexto básico, en una escuela con 120 alumnos con altos índices de vulnerabilidad, cuenta orgulloso que muchos de sus ex estudiantes han llegado a la universidad a estudiar ingeniería o enfermería. Marianella, la directora, dice que siempre vuelven a agradecer por todo lo que aprendieron en la escuela.

    El colegio ha logrado convertir la cultura aimara en un gran aliado en el proceso educativo, mostrando con la práctica que una cultura distinta no es un obstáculo sino una oportunidad para desafiar la creatividad al momento de enseñar.

    Archivo personal

Así es enseñar ciencias en una comunidad aimara

2017-06-16T13:19:48+00:00 Junio, 2017|Cómo aprenden los niños, Los profesores importan|

En uno de los lugares más aislados de Chile trabaja Mauricio González, un docente que a punta de esfuerzo y mucho profesionalismo se ganó la confianza de una comunidad aimara, aprendió su cultura y hoy lleva todo ese conocimiento a la clase de clases.

  • ¿Biblioteca para guaguas? Esta es la historia de la primera guaguateca creada en Chile

    La Biblioteca de Santiago no tiene la solemnidad de otras bibliotecas. En su interior, una sutil luz azul envuelve el edificio de cuatro pisos, que se divide en seis macro secciones, cada una adornada a su manera. La sección juvenil es muy distinta a la sección de literatura. Colección general no se parece a prensa. La que nos interesa a nosotros en esta ocasión, la sala infantil, es la única que tiene camino propio: en la entrada del edificio unas patas de tigre pegadas en el suelo nos marcan la ruta hacia el espacio más colorido de todas las secciones.

    Guaguateca a la chilena

    Si hay alguien que sabe de guaguatecas es la educadora de párvulos Lorena Moya, encargada de la sección infantil de la Biblioteca de Santiago y fundadora de la primera guaguateca en Chile el año 2014.

    -Antes la guaguateca estaba en esta misma sala infantil, pero llegó un momento que no dimos abasto, la gente repletó el lugar y tuvimos que trasladarla a su propio espacio- Cuenta Lorena. Efectivamente, para llegar hay que pasar por la sección Novedades en el primer piso, caminar hasta el fondo y doblar a la izquierda. En el camino, vemos a una señora con audífonos trabajando en su computador y a una adolescente concentrada en su libro. Al lado de todo eso está la guaguateca, que pareciera una extensión de otro lugar: una mamá acostada en el suelo mostrándole un libro a su hijo, otra con guitarra en mano le canta a su bebé, otra con un gorro de mago en la cabeza le hace muecas al suyo.

    -La guaguateca es un espacio vital para la biblioteca de Santiago. Entendemos a la gente que nos visita con los mismos derechos, independiente de su edad-, asegura Marcela Valdés, directora de la biblioteca.

    La sala está destinada para que niños de 0 a 4 años se acerquen de manera lúdica a la lectura. Por eso, el lugar tiene la lógica de un bosque, con tres grandes árboles: el de la música, el del arte y el de la dramatización. Hay libros a pesar de que los niños y niñas no sepan “leer”, de diferentes tamaños y estilos. Libros plagados de imágenes, colores e incluso texturas (hay uno que tiene pelos artificiales de diferentes animales). Las esquinas de los muebles son redondas, el lugar está lleno de colchonetas y las paredes cuidadosamente diseñadas para promover la lectura. En la Biblioteca de Santiago saben que aprender a leer va mucho más allá de la decodificación. Los profesionales que aquí trabajan saben como un niño aprender a leer y que cosas son importantes en este proceso.

    Todo el día la sala está supervisada por un o una especialista que guía a los padres y madres en su experiencia. Les recomienda libros según la edad de los niños y les explica detalladamente el lugar. Como no es una guardería, cada padre debe experimentar el lugar junto a su hijo.

    “Creemos que la lectura es mucho más compleja que un simple texto. Tiene que ver con cómo entendemos el mundo, por ende se vincula con la sensorialidad y la inteligencia múltiple. Todas las personas asimilamos el mundo de diferentes formas. Algunos lo hacen más con la música, otros con el tacto o la pintura. En los bebés esto es mucho más notorio. La guaguateca pretende crear los cimientos para que esos niños se conviertan en futuros lectores. Esta es una forma muy potente de disminuir las brechas sociales”, asegura Lorena Moya, encargada de la sección infantil.

    Fuente: Biblioteca de Santiago

    Lorena Moya, una educadora apasionada por la literatura

    Toda su vida Lorena (43 años) quiso que su trabajo aportara a un cambio social. Al egresar, no sabía bien a qué dedicarse. Una oferta de trabajo, que llegó por casualidad, le cambiaría la vida.

    Estudió Educación de Párvulos en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE). En su época de estudiante, los ramos de literatura infantil siempre le llamaron la atención. “Yo sabía que el mundo de los bebés era lo que me gustaba, pero no conocía mucho del trabajo en una biblioteca”, asegura.

    En pleno proceso de titulación, su profesora de Currículum de Sala Cuna le dijo que debían hablar. “Me contó que en Puente Alto necesitaban una persona para hacerse cargo del área infantil de la biblioteca municipal y que ella veía en mí capacidades para ese puesto”, cuenta. Nunca se imaginó trabajando en algo similar, pero como necesitaba trabajo y le sonaba atractivo, postuló. A los días la llamaron para ofrecerle el puesto. 18 años después, las bibliotecas son su vida.

    -Yo estoy acá para disminuir la desigualdad. La lectura a los niños les abres un mundo. Pueden conocer lugares, otros puntos de vista, otras experiencias. Le das herramientas para vincularse de mejor forma con otras personas y eso es fundamental para que un niño de menos recursos tenga las mismas oportunidades que uno de más recursos-, dice Lorena, que para perfeccionarse realizó un diplomado en bibliotecas públicas y otro en educación inclusiva. Según un artículo de The New York Times, los niños de familias de bajos ingresos han escuchado 30 millones de palabras menos que uno de familias con recursos, lo que es determinante en el desarrollo educativo de una persona.

    El 2005 postuló al cargo de jefa de sala infantil de la biblioteca de Santiago, que estaba a meses de su inauguración. Tras ser elegida, rápidamente se tuvo que subir a un barco que ya estaba andando. “La guaguateca venía contemplada en el proyecto inicial y con el tiempo fue creciendo”, recuerda Marcela Valdés, directora de la biblioteca.

    En un comienzo funcionó en un espacio pequeño dentro de sala infantil, pero desde el 2013 los mismos usuarios comenzaron a pedir que el lugar se expandiera. Tuvieron que pensar en un proyecto más grande. Al principio buscaron un especialista, pero se dieron cuenta que no habían expertos en bibliotecas para bebés.“Como equipo nos lanzamos a investigar experiencias de otros países, sobre todo cómo hacer animación lectora en la primera infancia. Investigamos incluso cuál era el mobiliario más adecuado para estos niños”, cuenta Lorena.

    El equipo multidisciplinario- desde actores hasta historiadores del arte- formuló una propuesta que convenció a la dirección. Se asociaron con alumnos de diseño de la universidad Diego Portales y a fines de 2014 inauguraron la guaguateca. “El mérito de Lorena es haber dirigido un equipo que se ha impregnado con los proyectos. Es un equipo que se ha preocupado por ser líderes en el fomento de la lectura”, asegura Marcela Valdés.

    Desde entonces, las visitas sólo han ido en aumento. Según estadísticas de la misma biblioteca, este espacio tiene un promedio de 300 visitas diarias y 7.200 al mes, que participan de las actividades que organiza la guaguateca de martes a domingo.

    Fuente: Biblioteca de Santiago

    El valor de esta experiencia

    “En el colegio me recomendaron venir a esta biblioteca. Ahí conocí este espacio. Mi hija de 4 años me pide que la traiga todos los días. Los fines de semana le tengo que decir que no porque hay que compartir con la familia, pero de lunes a viernes vengo con ella”, cuenta Geraldine Valencia, que vino por primera vez hace seis meses.

    Lorena cuenta que en todos estos años han formado vínculos con los padres y sus hijos, a los han visto crecer. Incluso hay adolescentes en situación de calle que visitaron el lugar desde niños y que hoy se acercan a saludarla.

    “Hemos visto cómo niños que llegaron chiquititos aprenden a leer, pero no se olvidan de nosotros”, asegura.

    Fuente: Biblioteca de Santiago

    Tras dejar sus mochilas en los casilleros instalados a la entrada de la biblioteca, los adolescentes que antes visitaban la sala infantil ubicada en el primer piso, ahora entran por la misma puerta, siguen las mismas huellas de tigres, saludan a Lorena y al resto de las mismas personas que los guiaban en sus dudas, pero ya no se quedan: suben las escaleras que los lleva a la sala juvenil, con personas de su edad. Ya quieren leer nuevas historias.

     

¿Biblioteca para guaguas? Esta es la historia de la primera guaguateca creada en Chile

2017-05-31T09:20:04+00:00 Mayo, 2017|Los profesores importan, Padres y apoderados, Voz de los profesores|

7.200 personas al mes visitan este espacio instalado en la biblioteca de Santiago, que se creó en 2014 y que sigue creciendo liderada por una educadora de párvulos: Lorena Moya. Entre libros con texturas y árboles temáticos, nos recibe para conocer esta potente iniciativa.

  • Colombia sí tiene grandes profesores

    Con la historia de Diego Piedrahita Marín, un docente con más de 18 de experiencia, Semana Educación inaugura esta serie de capítulos en la que se expondrán tres casos exitosos de metogologías innovadoras en el aula de clase. Experiencias escogidas de entre varias que se recibieron y que demuestran que la labor docente requiere de profesionales capaces de motivar a sus estudiantes con técnicas inéditas.

    La pedagogía del humor

    “Romper con el concepto de disciplina que por décadas ha perpetuado la pasividad y sumisión de niños y adolescentes en las aulas es todo un reto para la educación actual, la cual requiere de nuevas formas de enseñar. La alegría puede ser ese ingrediente que aporte motivación a la formación. El objetivo es mitigar el aprendizaje basado en el silencio y la repetición.

    Por esta razón, me atreví a incursionar en la pedagogía del humor que, según el psicólogo Carl Rogers, es la capacidad del docente de despertar interés en los educandos y brindarles la confianza para expresarse sin el temor por exponer sus ideas por “más disparatadas que estas sean”, todo ello por medio del humor y la alegría. Para llevarlo a cabo realizamos presentaciones audiovisuales sobre el tema “feelings and emotions”, sentimientos y emociones en español, a través de gifs y por medio de recursos virales como los “memes” que tengan relación con las actividades cotidianas.

    La metodología es la siguiente: compartimos imágenes, videos y diálogos para abordar las emociones del día a día como el hambre, el sueño, la sed, la alegría, la preocupación, la sorpresa y la frustración, entre otros. Posteriormente, se procede a emplear “memes” divertidos y llamativos para relacionar el tema en cuestión con situaciones familiares, académicas y comunitarias. Finalmente se socializan las conclusiones en grupo.

    El humor es fundamental para crear mejores ambientes de estudio, y, ante recursos tan novedosos como los propuestos a diario por las nuevas tecnologías, se requieren de igual manera estrategias que dinamicen el aprendizaje, logrando además que se creen nuevas didácticas que mitiguen la concepción errónea de la educación como resultado de la repetición, la pasividad y la quietud en el aula”.

    *Diego Piedrahíta Marín es un docente de inglés con 18 años de experiencia en la enseñanza en contextos rurales, urbanos y virtuales. Es profesor del Cibercolegio UCN, adscrito a la Universidad Católica del Norte, que funciona como una plataforma web a nivel nacional, pero con especial énfasis en los corregimientos de Medellín.

Colombia sí tiene grandes profesores

2017-05-26T11:55:37+00:00 Mayo, 2017|Actualidad, Los profesores importan|

Semana Educación convocó a los docentes a que enviaran sus metodologías innovadoras en el aula. Este es uno de los tres relatos escogidos que demuestran que el país sí cuenta con grandes maestros.

  • Recolectando basura, este hombre encontró la forma de cambiar la vida de muchos niños

    Desde hace varios años, José Alberto Gutiérrez se ha dedicado a recolectar basura en las calles de Bogotá, Colombia. Como conductor de camión de basura, le ofrecieron un circuito que incluía zonas del occidente de la ciudad. En aquellas rondas nocturnas de recolección, José Alberto empezó a encontrar algo que cambiaría la vida de muchos niños de escasos recursos: libros desechados. El primer libro que encontró entre la basura fue un ejemplar de Ana Karenina de León Tolstoy, edición Bedout, impreso en 1967, obra que se conviritó en el inicio de una aventura que hoy le permite abarcar varias comunidades del país, entre éstas, su propio barrio (Nueva Gloria) ubicado en una zona marginal de la ciudad. Fue así como este hombre se conviritó en un todo héroe. Un héroe que rescata libros, grandes tesoros de la literatura que de lo contrario, terminarían sepultados junto a cáscaras de fruta y papeles sucios.

    “La fuerza de las palabras”.

    Hoy, la casa de José Alberto, donde vive con su esposa Luz Mary y sus hijos, se convirtió en una biblioteca de libros abandonados. Un total de aproximadamente 20.000 libros posan agradecidos en esta casa en la que cuelga un pendón con el nombre de la biblioteca: “La fuerza de las palabras”, aquellas palabras que inundan cada rincón de su hogar y brindan posibilidades a los niños de su barrio y de Colombia que tienen un acceso más limitado a los libros. “Nosotros somos un puente entre las personas que tienen libros y los que no tienen nada”, dice José Alberto.

    Sipse

    Todos los días, después de las dos de la tarde, llega una ráfaga de niños que revolotea por la casa de este recolector de tesoros que se apilan en cajas por todo el lugar, aquel lugar que con el paso del tiempo se ha ido sumergiendo en una marea de obras literarias de ficción y no ficción, libros de ciencias, matemáticas y todos aquellos libros que las madres de la comunidad necesitaban para apoyar la educación de sus hijos en las escuelas. En cuestión de meses, recolectando de 50 o 60 libros por noche, la casa de esta familia se conviritó en un eje de aprendizaje, su esposa se conviritió en bibliotecaria y sus hijos en cuenteros e incluso titiriteros. José Alberto sigue recorriendo la ciudad de seis de la tarde a las seis de la mañana recolectando libros, su esposa ahora gestiona la apertura de 11 bibliotecas que le han encargado a lo largo de todo Colombia y mientras tantos, hijos y cuñados gestionan talleres lúdicos en Nueva Gloria.

    Canal Capital

    “La lectura es el símbolo de la esperanza”

    Este héroe de la comunidad repite una y otra vez esta frase: “la lectura es el símbolo de la esperanza” y no se equivoca. Es la lectura un derecho que todos los niños del mundo deberían tener, una práctica necesaria que no sólo fortalece el desarrollo del lenguaje los niños, sino que también contribuye a acortar brechas sociales y culturales, promueve el acceso a la información, formando así seres humanos críticos, reflexivos y participativos. Pero para formar grandes lectores se necesitan libros, muchos libros que alimenten los procesos de formación que se llevan a cabo en la escuela y en la casa. José Alberto entendió esto y desde su humilde trabajo supo cómo transformar un sólo libro, aquel que encontró por primera vez, en el gran proyecto de lectura que hoy contribuyen a la educación de muchos niños alrededor de su país. José Alberto quiere poner a leer a Colombia y paradójicamente a través de la basura, lo está logrando.

    ¡Bravo por su trabajo!

Recolectando basura, este hombre encontró la forma de cambiar la vida de muchos niños

2017-06-05T16:04:24+00:00 Abril, 2017|Cómo aprenden los niños|

Un día, mientras recolectaba basura por la ciudad, José Alberto Gutiérrez encontró un libro de León Tolstoy. Desde entonces no se detuvo, decidió salvarlos para cambiar la vida de muchos niños.

  • A sus 42 años no sabía leer ni escribir. Su hijo de 11 años cambió su historia

    A sus 42 años de edad, Sandra María de Andrade era una de las 758 millones de personas en el mundo (según la Unesco) que no sabían leer y escribir. Cuando tenía 3 años la abandonaron, tuvo que irse a vivir con su abuela quien la forzó a trabajar y le prohibió ir a la escuela. Su vida estuvo llena de piedras en el camino que le impidieron aprender como le hubiera gustado. Con tres hijos y una dura historia detrás, ella tuvo que enfrentarse a un mundo que como consecuencia de su analfabetizmo, no reconocía.

    “Para mí, era igual que una hoja en blanco”

    No saber leer significaba no poder tomar un bus, no poder entender señales, no poder firmar documentos porque no sabía escribir, no entender el mundo. Para ella, un papel escrito “era igual que una hoja en blanco”. Entonces llegó a su vida Damiao, un hijo de su segundo matrimonio que sólo a sus 3 años le hizo una promesa: “Yo voy a aprender a leer y a escribir y cuando lo haga, te voy a enseñar”. Damiao quería acabar con su vergüenza, quería hacer justo lo que su madre nunca pudo hacer: aprender. Aprender para cambiar su vida, para mostrarle un mundo nuevo y demostrarle a aquella persona que lo vio nacer que todos, sin importar la edad, el género y la condición social, pueden aprender.

    Damiao en la escuela

    A pesar de todo el dolor, para ella, que su hijo menor Damiao (de 11 años) fuera a la escuela, era una gran alegría. Todos los días, él le contaba a su madre lo que había aprendido y ella por supuesto, se sentía orgullosa. Creía que él sería todo lo que ella no pudo ser. Lo mejor de todo, es que Damiao no estaba solo. Su profesora resaltaba su trabajo, le daba clases de refuerzo y lo incentivaba a la lectura. Fue precisamente por eso que Sandra tuvo uno de sus primeros acercamientos a los libros. Antes había intentado aprender a leer en un centro educativo donde le habían enseñado las letras ABCD. El problema es que cuando llegaba a la letra “E”, su vida se volvía una agonía.

    La “E” es lo mismo que la “I”, pero cerrada y sin punto

    La agonía de Sandra quedó a un lado cuando Damio le explicó que la “E” era lo mismo que una “I” pero cerrada y sin punto, que la “H” se convertía en una silla y que la “R” era lo mismo que la “B” pero con la panza abierta. Fue él quien le dio una identidad a su madre al enseñarle a escribir su nombre. Pero no sólo eso, gracias a Damiao, ella aprendió a escribir la palabra “madre”. Sí, algo tan básico como eso para ella fue una conquista. Ahora era alguien y orgullosamente podía decir que era la madre de su hijo. Damiao logró aplicar sus conocimientos y tomó herramientas de aprendizaje didácticas y llamativas para lograr que su madre aprendiera y luchara en contra de aquello que alguna vez le causó dificultad. Este niño de 11 hizo justamente lo que muchos profesores en el mundo hacen todos los días para lograr que sus estudiantes aprendan: se esforzó, se dedicó y convirtió la dificultad en una herramienta útil de enseñanza.

    “Tenía que escribir que yo era su mamá, describir la relación que teníamos. Y escribí, orgullosa, ‘madre’, bien grande”.

    “Quiero que aprenda conmigo”.

    Para Damiao, aprender en la escuela significa enseñarle a su madre a sentir y a escribir esas palabras que lleva por dentro como el amor y la pasión. “A ella le gusta hablar de amor, pasión. Sabe un montón de palabras. Las más simples”. Este joven educador (porque sin duda lo es) transformó los intereses de su mamá para captar su atención, motivarla y ayudarle a aprender lo que antes parecía imposible. Utilizó una estrategia educativa que nos hace preguntarnos: ¿qué es aquellos que podemos hacer para que nuestros estudiantes se sientan motivados?, ¿cómo podemos transformar los intereses de nuestros alumnos en herramientas de aprendizaje? y lo más importante, ¿estamos valorando suficiente las cualidades de nuestros estudiantes? Damiao sin duda ha hecho esto y más; ha transformado su aprendizaje diario en enseñanza.

    Ahora, él y su madre han logrado a través de las palabras soñar, imaginar y aprender. En 2016, leyeron 107 libros juntos y las letras los han unido más que nunca. Ambos se han construido juntos a través de las letras y hoy ven su vida a través de aquellos libros que reflejan sus historias y el amor que los une. Con estrategias educativas dignas de un profesor de excelencia, Damiao cambió la historia de su madre, le abrió los ojos a un mundo que finalmente, después de 42 años, puede reconocer.

A sus 42 años no sabía leer ni escribir. Su hijo de 11 años cambió su historia

2017-03-15T22:35:17+00:00 Marzo, 2017|Cómo aprenden los niños, Los profesores importan|

La vida de Sandra María de Andrade nunca fue fácil. Desde pequeña le negaron el acceso a la educación y tuvo que enfrentar momentos muy difíciles. Sin embargo, su hijo Damiao llegó para cambiar su historia y con tan solo 3 años de edad le hizo una promesa: él aprendería a leer y escribir para enseñarle a ella.

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