Eduardo Cortés: “Me interesa que la educación chilena tenga un lado más humano”

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Eduardo Cortés: “Me interesa que la educación chilena tenga un lado más humano”

Es profesor del Colegio Diego Echeverría de Quillota, y ha encantado a su comunidad educativa a través del “aprendizaje basado en proyectos”.  Tanto ha sido su reconocimiento y su destacada labor, que este año se hizo acreedor al “Global Teacher Prize Chile 2017”.

Escrito por: Fuente Externa

noviembre 24, 2017

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Elige Educar

Oriundo de la comuna de Recoleta, en Santiago, llegó a vivir a la V Región a los 8 años de edad. La vida desde niño, no fue fácil para Eduardo. Vivía con su madre y su hermana mayor en la casa de una señora que él consideraba como su abuela, mientras su mamá trabajaba de vendedora en la Vega.

Durante ese período asistía a la Escuela República del Paraguay, hasta que la familia tuvo que abandonar la casa que habitaban y, por cosas del destino, cómo él lo expresa, debieron trasladarse a la ciudad de Limache. Las condiciones de vida estaban lejos de mejorar, allí tuvieron que acomodarse en una mediagua, la cual no contaba con las condiciones básicas que  necesitaban.

Por esos días su madre, consiguió trabajo en la Municipalidad de Limache, lugar en el que estuvo por 17 años. Esto permitió que la familia se instalara en un terreno donde se guardaban los vehículos municipales. Y Eduardo, en su afán por estudiar, puso sus ojos en el Colegio Diego Echeverría de Quillota (a unos 30 minutos de Limache), donde iban los niños de la iglesia en que participaba. Y aunque su familia no contaba con recursos para costear sus estudios, él decidió dar la prueba de admisión y finalmente logró quedar.

Su vida comenzaba a tomar otro rumbo. A pesar de lo complicado que fue al principio, contó con el respaldo de la Fundación Irarrázaval, quienes le proporcionaron parte de los materiales para cursar su enseñanza media y, para financiar todos sus gastos, buscó un trabajo en un video club.

Al terminar el colegio ingresó a estudiar en la Universidad Federico Santa María Técnico en Electricidad, en el año 2001. Carrera que nunca lo convenció del todo, porque sentía que lo suyo era comunicar. Pensó en ser periodista, ya que el contacto con la gente lo entusiasmaba mucho.

Cuando había logrado cierta estabilidad, le piden a su familia abandonar el lugar donde vivían. La situación se volvió compleja, debido a los bajos ingresos que percibía su madre, y al no tener donde ir.

Un año después, debió iniciar su práctica como técnico. “Cuando comencé en primer año, me mandaron a la Escuela San Luis de Cerro Alegre, en Valparaíso. Apenas llegué allá un niño corrió hacia mí y me abrazó. En ese momento sentí que ahí había una tarea pendiente. Consideré que podía ayudar a los niños con carencias, porque yo también tuve un padre ausente. Ahí nace este fervor por estudiar pedagogía, me interesaba darle un sentido más humano a la educación”, comenta hoy.

Luego de eso se matriculó en la Universidad de Playa Ancha para estudiar pedagogía. “Recuerdo al profesor y escritor Álvaro Bisama del taller de lenguaje. Él me decía, “Eduardo tú tienes más pinta de profesor que yo”, cuenta emocionado.

Otra persona que marcó su vida fue el profesor de dibujo técnico Luis Pradenas. “Me acuerdo que le dije: profesor, en dos semanas más tengo que entregarle un dibujo, y la verdad es que no tengo los lápices para hacerlo. Él me dice: “Mira Eduardo, todos los alumnos se acuerdan de los trabajos solo cuando tienen que entregarlos, mientras que tú estás preocupado dos semanas antes, por eso yo te voy a prestar mis lápices. Cosas como ésta no se viven en otros centros de estudio, no vi nunca esa calidez en otros lados”, relata.

Fue tan humana y acogedora la universidad para él que pudo gestar redes de apoyo y consiguió trabajo dentro del mismo plantel, eso le permitió solventar los gastos que implicaba estudiar Pedagogía en Educación Tecnológica, la que requería de muchos materiales.

Para complementar sus ingresos empezó a lavar los autos de la universidad. Gracias a esa labor conoció a todos los docentes y al personal administrativo de la casa de estudios, quienes le cooperaban desinteresadamente con el jabón y la aspiradora para que desempeñara su labor. “Yo estudiaba en horario diurno, pero para trabajar ahí llegaba todos los días a las 8:00 de la mañana, tuviera o no clases. Aprovechaba el tiempo libre que tenía para trabajar”, comenta.

Educando desde el alma y la cercanía

Al terminar su carrera, Eduardo quería trabajar en el colegio que lo vio crecer en Quillota. Sentía que ese establecimiento entregaba valores y además sus profesores tenían cercanía con los estudiantes, algo que él quería perpetuar. “Me gusta preocuparme por mis alumnos, ser alguien cercano para ellos. Eso no lo aprendí de ningún libro, eso me lo enseñó la vida, las carencias, por eso quería volver ahí”, reflexiona.

Y partió a tocar la puerta del rector del establecimiento. Tuvo suerte, un profesor de tecnología había renunciado justo en ese período, por lo que le pidió hacer su práctica laboral y posteriormente ser profesor titular en la escuela que tanto soñó. De eso han pasado ya 11 años.

Allí ha hecho clases a los técnicos en electricidad. Y, además de la asignatura de tecnología, impartía un módulo llamado “Proyectos eléctricos” y dictaba talleres para sus alumnos. En uno de estos últimos nació la “Misión Aconcagua”.

La idea surgió el 2011, con el fin de que los alumnos aprendieran cosas útiles para ellos y para la sociedad, porque según explica, el “hacer por hacer” no motiva a los estudiantes.

Desde ese año diseñaron varios proyectos para participar en la “Expotec” (Feria Tecnológica Universitaria), de la Universidad Santa María. Presentando el 2015, una máquina que cortaba botellas. Con esta idea los alumnos del taller, aprendieron lo que es un circuito básico, sobre electricidad y reciclaje de las botellas. Por esa iniciativa obtuvieron el tercer lugar.

Al año siguiente, empezaron a trabajar en una máquina para soldar, ya que la escuela solo contaba con una para los cinco 1º medios que allí trabajaban. Gracias a unos modelos que vieron en internet construyeron una soldadora eléctrica, que está confeccionada con  transformadores de microonda. Con ese invento, los estudiantes lograron el primer lugar en la “Expotec” del 2016.

Y el último proyecto en el que estaba trabajando con los estudiantes de 1º medio, se denominó “Lavacleta”. Este consiste en una lavadora frontal, que lava una carga completa de ropa cada vez que se ejecutan ejercicios (con las cuatro extremidades) en una bicicleta elíptica, la cual se encuentra incorporada al invento.

Misión Aconcagua  

Cuando los alumnos de 3º medio del taller ya estaban capacitados para trabajar en instalaciones, el profesor ideó un plan de mejora de las infraestructuras eléctricas de la población Aconcagua. “Estaba la idea de hacer algo con un fin productivo, que sirviera para promover el tema de la mecánica. Así fue como aprovechamos la iniciativa de los Maristas, que a través de la fundación GESTA invitaba a hacer proyectos solidarios en educación”, explica el docente.

Este proyecto sería de gran ayuda para la comunidad y los alumnos. Pero  llevarlo a cabo traía costos asociados que en ese momento no podían cubrir. Para solventarlo tuvieron que inventar proyectos de innovación, con los cuales pudieron ganar diversos concursos en la región y financiar este desafío, que se hizo por cinco años consecutivos. Participaron 45 alumnos de 3º medio del Colegio Diego Echeverría.

Se tejió un fuerte lazo con la familia Cantillana Yáñez, quienes son los apoderados de uno de mis estudiantes. “Yo llegué a la casa de ellos, porque su hijo era mi alumno”, cuenta Eduardo. Esta primera visita le ayudó a establecer los contactos necesarios para poner en marcha el plan, en la población Aconcagua Norte.

El profesor le pidió a Patricia Yáñez, vecina conocida en el sector, que lo ayudara a averiguar quién tenía problemas con la luz o requerían arreglos en su sistema eléctrico. Ella ubicó a cuatro familias y se dio comienzo a la “Misión Aconcagua”.

Fue tanta la aceptación de los vecinos, que hubo momentos en que Eduardo tuvo que recurrir a los dos 3º medios de electrónica y electricidad para arreglar el sistema en 10 casas. El trabajo era agotador, cuenta que se necesitaba la ayuda de más personas y, afortunadamente, no tardó en llegar, porque varios apoderados técnicos eléctricos se sumaron a esta cruzada.

Para que todo funcionara de forma ordenada él organizó a los alumnos y a los apoderados en juegos de roles, modalidad bastante útil a la hora de distribuir los trabajos y las responsabilidades.

“Teníamos 4 o 5 capataces. Cada alumno elegía con quien trabajar y se transformaba en jefe. En la obra, en la población, ellos tienen que hacerle caso a quien desempeña ese rol, no pueden fallar en ese sentido. Y yo soy el ingeniero de toda la obra, junto con los padres, que son electricistas también”, comenta orgulloso.

Los alumnos tomaron muy en serio su tarea, primero por el compromiso social y luego porque había que cumplir con el proyecto. Tanto fue el amor y el empeño que pusieron, que con sus instalaciones ayudaron, mejoraron y transformaron la vida de muchas familias.

El docente comenta que al terminar el trabajo, los alumnos se fueron motivados y con la idea de que sí habían hecho un cambio significativo en la vida de esas personas. Un total de 60 casas fueron reparadas. Pero “Misión Aconcagua” no termina aquí, el próximo año se retomará con fondos de la ley de Subvención Escolar Preferencial. Esto ayudará enormemente al funcionamiento del taller que tantas satisfacciones les ha dado.

El mejor docente de Chile

Más de mil profesores de todo el país fueron nominados para la versión chilena del “Global Teacher Prize 2017”. La abultada cifra quedó dando vueltas en la cabeza de Eduardo cuando fue nominado entre los 20 mejores.

Lo que nunca imaginó es que al poco tiempo llegaría Ignacio Silva, de Elige Educar, a su colegio para darle una noticia que lo dejó impactado hasta hoy. “Él fue a decirme que estaba seleccionado entre los cinco finalistas. No podía creerlo, porque uno como docente está preparado para otras cosas como recibir a un alumno y que me diga: logré estudiar lo que yo quería o formé mi familia, ese tipo de cosas en realidad son la mayor retribución que uno tiene. Pero uno no está preparado para esto”, comenta emocionado.

Eduardo Cortés fue elegido el mejor de Chile, en la premiación que se efectuó en octubre de este año, en Santiago, entre cuatro docentes más del país.“Cuando dicen mi nombre, yo me acordé de todo lo que he vivido, mi infancia, el esfuerzo de mi madre y los obstáculos que tuve que superar para ser profesor”, confiesa.

Para Eduardo el reto de educar va a seguir más allá del concurso, porque lo que busca es hacer bien su trabajo como formador, mediante el aprendizaje basado en proyectos, ya que con este método se enriquece el alumno, el docente y la comunidad educativa. “Y si llego a quedar entre los 10 finalistas del mundo me gustaría contarles a mis colegas extranjeros que en Chile existen muchos docentes de vocación, que día a día hacemos un enorme esfuerzo para brindar a nuestros alumnos una educación con aprendizaje significativo y de valores, para que sean mejores personas”, concluye.

Al cierre de esta edición, Eduardo Cortés es el representante de Chile para el “Global Teacher Prize”. De ser escogido entre los 10 finalistas a nivel mundial, viajará a Dubái para representar al país en marzo de 2018. Mismo concurso donde este año fue premiada la docente Maggie MacDonnell por su labor en el Ártico canadiense.

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2017-11-26T21:01:43+00:00 noviembre, 2017|Actualidad|0 Comments

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