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Aprender al aire libre

Motivados por la necesidad de que sus alumnos se sientan más comprometidos y conscientes de sus procesos de aprendizaje, los profesores de todo el mundo están sacando a los niños de la sala de clases para aprovechar su entorno.

Escrito por: Fuente Externa

octubre 23, 2017

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Revista Viernes

Enseñar ciencias pescando en un río, matemáticas midiendo los árboles de un bosque nativo o aprender inglés recorriendo las calles de un pueblo. ¿Cuánto puede aprender un niño fuera de la sala de clases, y de qué manera los conocimientos que adquiere al aire libre son más significativos para su formación personal e intelectual? La respuesta a esta pregunta tiene más de tres mil años y así está documentado desde los tiempos de Platón, en donde el conocimiento adquirido en el exterior era una práctica pedagógica histórica, pero que se fue consumiendo en el tiempo.

“‘Aprender haciendo’ es un término viejo, pero efectivamente ‘aprender haciendo’ es la mejor forma de aprender”, dice Jaime Veas, director del Centro de Perfeccionamiento, Experimentación e Investigaciones Pedagógicas del Mineduc, cuando aborda la inquietud de un grupo de profesores de localidades aisladas del país, que, con otros métodos de enseñanza y eminentemente al aire libre, han buscado intuitivamente otros recursos para cautivar a sus alumnos. “Hoy estamos empujando desde la política pública que estas prácticas comiencen efectivamente a divulgarse entre otros, porque están teniendo resultados de aprendizaje espectaculares. La idea es que sea una labor de todos nuestros equipos, para que el aprendizaje en otros ambientes que son altamente significativos para los estudiantes se facilite”, dice Veas.

Los profesores chilenos de estas zonas aisladas están en sintonía con la tendencia mundial. Los autores y profesores del Centro de Educación Ambiental y al Aire Libre de la Universidad de Edimburgo, Peter Higgins y Simon Beams, autores del libro Learning Outside the lassroom: Theory and Guidelines for Practice (2012), afirman que la rigidez del aula tradicional tiene una serie de consecuencias negativas para la salud de los jóvenes, así como también para la relación con sus comunidades y el planeta. “Profesionales de todo el mundo están trabajando para cambiar esta meta de producir gente experta en rendir exámenes, pero que no tiene desarrollado el pensamiento crítico, en especial a la hora de interactuar con el mundo real”, asegura desde Escocia Simon Beams. “La idea de que sólo se puede aprender en la sala de clases la tenemos interiorizada por defecto, pero ¿por qué? Por supuesto hay áreas que no se pueden aprender en el exterior, como electrónica, pero sí inglés o ciencias. El punto es que el mejor aprendizaje tiene que suceder en el mejor lugar donde se pueda aprender. Y eso no siempre es al interior de una sala”, agrega Peter Higgins.

Este académico que hace seis años asesora al gobierno escocés en el desarrollo de políticas públicas en esta materia adelanta la siguiente conclusión: “Hay evidencia empírica de que aprender al aire libre tiene buenos resultados. Uno de mis alumnos de magíster hizo un estudio de los niveles de concentración de los niños con experiencias en sus entornos. Los resultados son decidores: no sólo se eleva la concentración si están afuera, sino que si salen, a la hora de volver a entrar a la clase están más concentrados. Lo mismo ocurre cuando les dicen que la próxima actividad será al exterior”, agrega.

Por esto, asegura Beams, hoy se deben integrar cuatro conceptos fundamentales a la hora de enseñar: “Que la educación se desarrolle en ambientes reales y con incertidumbre; es decir, que los niños sientan que al día siguiente el profesor los puede sorprender, que aprender es una aventura, y no que cada día es exactamente igual. En tercer lugar, que ellos se vuelvan agentes de su aprendizaje, con algo de poder y control sobre lo que aprenden y, finalmente, que sea un aprendizaje profundo”. Estas son las historias de cinco profesores que en la carretera austral, en el altiplano, en un puerto sureño y en medio de los bosques viven una experiencia profunda de aprendizaje junto a sus alumnos.

Ollagüe: la enseñanza de los antepasados

“Qué lindo es este lugar y qué bueno estar acá”, pensó Pamela Barrios (32) cuando llegó a la Escuela San Antonio de Padua de Ollagüe, en 2015. “Poder ver las estrellas, el volcán, los cerros del lado de Bolivia. Eso no tiene precio”, cuenta ahora, mientras riega las matas de tomates cherry del gran invernadero que está al centro del colegio y del pueblo, ubicado a 3.800 metros sobre el nivel del mar, en la región de Antofagasta. Se está preparando para la clase del día siguiente, en la Quebrada del Inca. Allí también hablarán de cultivos, pero de una manera distinta: los niños de 3º y 4º básico la guiarán por los ancestrales campos escalonados que utilizan sus familias para pastar sus rebaños y cultivar alfalfa, y le contarán distintas cosas: que los animales en esta temporada andan lejos, que sus abuelos les enseñaron cómo y cuándo plantar, que hay que tener cuidado con pisar los brotes, y que las terrazas en las laderas sirven para sacar el agua que está dentro de los cerros. Ella, por su parte, les explicará, desde la historia y la geografía que este método de cultivo asombroso fue el factor determinante para que hace cientos de años florecieran culturas tan avanzadas como los incas, en lugares tan inhóspitos como éste, uno de los más desolados del planeta. También les contará cómo cultivaban otras culturas precolombinas que están estudiando: los mayas y los aztecas. “Nosotros somos más ingeniosos”, dirá uno de los chicos, mientras termina la última parte de la actividad: dibujar y colorear las terrazas.

“Por la cultura que traen, estos niños tienen una relación especial con la naturaleza, y en la medida en que ven y tocan aprenden más rápido. Lo que más me gusta de trabajar en este tipo de salidas es la expresión oral combinada con la historia. Por ejemplo, la capacidad de argumentación que demostraron para explicarme la importancia de las terrazas es algo que yo no había visto hasta ahora”, cuenta Pamela.

El método funciona, incluso mirando los resultados de las pruebas estandarizadas: los chicos de Ollagüe ostentan hace años los primeros lugares de la región en el Simce de lenguaje. A la profesora, en todo caso, no es lo primero que le preocupa: “para mí lo más importante es que no pierdan sus raíces, que sepan de dónde vienen y sobre todo que se diviertan. Porque si tienes a un niño pequeño de nueve de la mañana a cuatro de la tarde encerrado en una sala, ¿en qué momento juegan? ¿En qué momento son niños?”.

Futaleufú: El río como laboratorio 

Para llegar desde Santiago a Futaleufú, una de las comunas más alejadas de la Región de Los Lagos, hay que tomar un vuelo a Puerto Montt, después aventurarse en una barcaza por trece horas y luego otro par más en un bus. Otra opción es volar hasta Chaitén en una avioneta que despega o no según las condiciones del tiempo, que en pleno invierno garantiza viento, lluvias torrenciales y nieve.

Hasta aquí llegó en 2008 –justo antes de la erupción del volcán Chaitén– Jonathan Rojas (36), profesor de química oriundo de La Serena. El explosivo aumento en las visitas de cultores de la pesca con mosca –que pagan un promedio de 500 dólares por noche para alojarse en exclusivos lodges– es sólo un síntoma más de las bondades de un paisaje sobrecogedor, coronado por el río del mismo nombre, donde abundan los salmones y fauna silvestre, y que entrada la primavera se torna simplemente paradisíaco. Ese es el escenario que aprovecha Jonathan para sacar lo mejor de los 200 alumnos que tiene en el Colegio Futaleufú, el único establecimiento municipal de esta localidad de 2.300 habitantes. “Nosotros tenemos nuestro mejor laboratorio en la tierra y en el río. Yo los llevo allí para que aprendan a investigar. Lo primero fueron unas microalgas que llegaron en 2009 y se convirtieron en plaga. Medimos la incidencia de la temperatura y el pH en su crecimiento, y con ese proyecto ganamos un premio y viajamos a una feria en México”, recuerda el profesor.

En las medianías del colegio, Jonathan muestra orgulloso dos de sus actividades favoritas: la medición de salmones que realiza con los chicos en el río –los pescan para analizarlos y luego los devuelven al agua– y el cultivo de plantas medicinales en un invernadero bajo tierra. “Acá los jóvenes traen una sabiduría ancestral. Ellos saben para qué sirven ciertas hierbas, entonces las investigamos. Yo les enseño la parte dura de la ciencia, pero ellos también me enseñan a mí lo que traen de su parte. La mitad viene del campo y muchos se identifican con la cultura mapuche”, cuenta. Lo que más le entusiasma es mostrarles el mundo. En realidad, más de un mundo. Además de inspirarlos para estudiar el que tienen a mano, ya los ha llevado a encuentros y congresos en varias ciudades de Chile, Argentina y Ecuador.

“Me gusta desarmar el aula”, dice Jonathan, que ahora está desarrollando un proyecto pensado en preparar a los alumnos para explotar la pesca con mosca de manera sustentable, aprovechando el conocimiento que ya tienen del río y los peces. “Estoy seguro de que pueden transformarse en guías de pesca, y en cuanto a lo que les falta aprender, he comprobado que tras potenciar los lazos con su entorno, los estudiantes tienen mejor disposición para entender las áreas más duras”.

Jahuelito: Matemátia en el bosque

La Escuela Julio Tejedor, en la comuna de Santa María, Región de Valparaíso, colinda con los terrenos de las Termas de Jahuel y su directora, Pamela Silva (48), tiene permiso para entrar con los alumnos al bosque cuando quiera. Se trata del mismo lugar en el cual ella jugaba desde niña, cuando era una escolar más. “De ese tiempo tengo los más lindos recuerdos y me gustaría que mis chicos vivenciaran lo mismo. Porque en este entorno privilegiado, uno como niño, si está bien guiado, puede ser el constructor de su propio aprendizaje”.

A pesar de ser la más alejada de la comuna, la escuela aumenta su matrícula año a año, porque en la comunidad se ha corrido la voz de que allí los niños aprenden, se divierten y tienen mejores resultados en el Simce que en otros establecimientos cercanos. Allí, Pamela divide su tiempo entre las labores administrativas que implica su cargo y su trabajo como profesora generalista, de esas que enseñan desde las tablas de multiplicar hasta el vocabulario de un texto, pasando por los pasos de bailes típicos para las fiestas tradicionales. Y gran parte de eso Pamela lo hace en el bosque. “Quiero lograr que ellos experimenten lo entretenida que puede ser una clase en el entorno. Que pueden aprender sin utilizar el cuaderno, entendiendo la importancia del contacto con la naturaleza y de conocer la historia y cultura de sus antepasados”, dice la profesora, que da como ejemplo clases de arte dedicadas al olivo, uno de los cultivos más abundantes y tradicionales de la zona desde tiempos de la Colonia.

“A través de estas actividades, de nuestro trabajo en los huertos y acá en el bosque, vamos integrando los contenidos transversalmente: lenguaje, ciencias, matemáticas. También logramos que sean más tranquilos, que tengan una actitud más contemplativa, todo lo contrario a la ciudad. Allá, tú ves a los niños jugando con sus tablets. Acá, prefieren subir al huerto a sacar las malezas”, cuenta Pamela, mientras los niños corren y juegan abrazando los árboles del bosque junto al perro regalón de la escuela, tras haber pasado una hora pedagógica practicando el sistema métrico decimal desplegando entre todos enormes huinchas en los troncos caídos.

Corral: inglés en las calles

Hace veinte años, cuando Mónica Sanhueza (46) vivía aún en el continente, tenía que tomar todos los días uno de los ferries que zarpan cada hora desde y hacia Corral. Hija de dos profesores normalistas –un valdiviano y una corraleña– es una de las docentes destacadas de la Escuela Corral, que funciona hace 172 años en esa comuna de la Región de Los Ríos. Además de su cariño por la profesión y por su tierra, Mónica tuvo una experiencia que marcó su estrategia pedagógica: su hermano menor creció con necesidades educativas especiales. “Yo sé lo que es tratar de enseñarle a alguien que, aunque quiera aprender, le cuesta, porque no aprende de la forma tradicional. Eso me hizo pensar en nuevas formas para hacer accesible el conocimiento a todo tipo de personas”, cuenta.

En el caso de sus alumnos, que van de 1° a 5° básico, la principal brecha que le preocupa es el aislamiento. “Es muy importante que los chicos conozcan y valoren el lugar al que pertenecen, porque todo viene envasado desde Santiago. En los libros de inglés se habla de distintas ciudades a nivel nacional y mundial. Yo tengo que extrapolar eso para que los niños puedan hablar de su propia comuna y se puedan comunicar, por ejemplo con un turista. Porque a lo mejor ahí tendrán oportunidades de trabajo y yo los quiero dejar preparados”.

Este año, Mónica y sus alumnos fabricaron unas coloridas maquetas de cartón que representan el centro histórico de su localidad. Ahí, en miniatura, se pueden ver el Fuerte de Corral –el primero del sistema de fuertes que los españoles construyeron en la zona desde mediados del siglo XVII, que hoy es Monumento Histórico–, la Gobernación Marítima, la municipalidad y otros hitos, sobre los cuales los pequeños elaboraron una narración en inglés que luego practican en terreno.

“De hecho, a mí me carga el pizarrón”, dice Mónica. “Creo que soy una de las pocas profes que no puede escribir derecho en la pizarra. Por eso, aunque acá es muy lluvioso, salimos cada vez que podemos, para que los niños conozcan y quieran su comuna. Con mi quinto año estamos confeccionando trípticos que cuentan leyendas de la zona, para que se las puedan contar a las personas que vienen, no sólo a quienes hablan inglés. Por supuesto que yo quiero que aprendan el idioma, pero lo que realmente me importa es formar personas que se empoderen de sus conocimientos. Mis alumnos tienen mucho talento, para mí no tienen límites. Yo nunca les he puesto techo, me gusta que sueñen. Si quieren ser astronautas, que lo sean”.

Chépica: química de exportación

En el verano de este año, a Natalia Navarro (31) le dolía el alma viendo cómo una vorágine imparable de incendios forestales asolaba su tierra natal. La misma pena aquejaba a los que pronto se convertirían en sus aliados más entusiastas para intentar paliar en algo los estragos del desastre: sus alumnos de enseñanza media en el Liceo Fermín del Real de Chépica, donde llegó a trabajar en marzo como profesora de Ciencias.

“Me puse a leer papers y di con la existencia de un hongo, el Tricoderma, que puede ayudar a la regeneración de los bosques”, dice Natalia. Entonces, les contó la idea a sus nuevos alumnos y juntos decidieron obtener el hongo para clonarlo en el laboratorio, injertarlo en el terreno quemado y así acelerar el proceso de crecimiento de las plantas. “La regeneración normal ocurre en 50 años. Con esto podría bajar a quince”, cuenta la profesora, a quien no le costó nada convencer a su grupo de la Academia Científica de perderse parte de las celebraciones de Fiestas Patrias en el liceo con tal de subir una vez más el cerro –a estas alturas un poco más verde– para tomar muestras.

“Aprender haciendo es demasiado entretenido para ellos. De hecho, ahora me pasa que les digo: ‘ya, tenemos que ver un par de contenidos’ y me preguntan: ‘¿pero cómo, profe, no vamos a salir?’”, afirma.

La efectividad del hongo está por verse, pero lo que ya está dando resultados soñados para los alumnos fue una idea que pensaron y desarrollaron en conjunto con la profesora: una crema hidratante de cebolla orgánica –la bautizaron ‘Onion, natural como tu piel’– con la que ganaron el concurso de Emprendimiento e Innovación de la fundación Soñadores, y que los tiene hoy mismo subiéndose a un avión rumbo a Silicon Valley, donde serán recibidos junto a Natalia en las instalaciones de Google, en la Universidad de Stanford y en el Museo de la Academia de Ciencias en San Francisco.

“Los demás grupos que compitieron eran de súper buenos alumnos, y el mío no. Pero yo los invité a imaginar, a crear, a mirar a su alrededor. Y llegaron a la cebolla, porque Chépica es uno de los mayores productores a nivel nacional, y de hecho es el papá de una de las niñas el que nos proveyó de ellas. Lo del viaje es realmente fantástico, yo creo que recién se están dando cuenta de lo que han logrado. Y claro que yo estoy feliz de acompañarlos, pero para mí lo más importante es que se crean el cuento de que la ciencia no es solamente lo que nosotros teóricamente les entregamos. Que entiendan que el conocimiento está enfocado a su entorno, a buscar nuevas experiencias y a influir positivamente en su comunidad”

 

Fuentes:

Revista Viernes

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2017-10-23T09:58:51+00:00 octubre, 2017|Actualidad, Noticias|0 Comments

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