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“Angustia empática”: qué es y cómo los docentes pueden enfrentarla

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“Angustia empática”: qué es y cómo los docentes pueden enfrentarla

La profesora Rebecca Alber explica qué significa esta emoción e invita a otros profesores a explorar técnicas simples para enfrentarla a diario.

Escrito por: Camila Londoño

junio 1, 2018

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NPR

¿Qué es el la angustia empática? Rebecca Alber, profesora y colaboradora de Edutopia, explica en este medio que descubrió por primera vez este concepto, gracias a la Dr. Joan Halifax, una antropóloga, educadora y pionera en el campo de la atención en la etapa final de la vida. Ella utiliza el término para describir lo que pasa cuando alguien está expuesto, constantemente, al trauma de otras personas. En trabajos donde las personas trabajan al servicio de otros –como médicos, enfermeros, profesores y cuidadores–, la experta prefiere utilizar el término “fatiga por compasión”.

Rebecca, al igual que muchos otros profesores en diversos contextos y muchas partes del mundo, ha experimentado esa sensación que nace de la empatía hacia los estudiantes, sus vidas, sus problemas, sus realidades; una empatía que puede convertirse en angustia cuando un profesor sabe que a pesar de haber hecho lo suficiente, su alumno sigue sufriendo por un determinado problema. Lo más importante, explica Rebecca en Edutopia, es entender y aceptar que hay un área limitada de acción e influencia en procesos donde hubo algunos problemas o traumas. Esto quiere decir, que los profesores son humanos y aunque lo desean, no siempre pueden controlarlo todo. Esa impotencia de no poder lograrlo, dice Rebecca, no es fatiga, es angustia y debe ser controlada a través de diversas estrategias.

Calmar la mente

Caminar, hacer ejercicios, tomar un baño; todas estas actividades centradas en el cuerpo funcionan, pero Rebecca también rescata la importancia de no olvidar la mente. No es sencillo, pero ella ha utilizado dos prácticas contemplativas que le han ayudado: el mindfulness –atención plena– y la compasión.

Según cuenta la profesora, en el neurocientista Richard Davison, analizando cerebros de personas que de forma rutinaria ejercitan prácticas contemplativas como éstas, descubrió que estas prácticas mentales tienen un efecto en el cerebro que se asemeja a la mejora del rendimiento de una persona que practica constantemente una actividad como el tenis. Esto quiere decir que el cerebro es capaz de ser entrenado y físicamente modificado en formas que pocas personas pueden imaginar –los monjes budistas lo saben bien y desde hace siglos ha tenido claro que a través de la meditación, por ejemplo, se logra esto–. La docente explica de qué se tratan estas dos prácticas mentales contemplativas como herramienta para lidiar con esa angustia empática de la que habla:

El mindfulness permite a una persona anclar la mente y el cuerpo al momento presente.

Hay muchas formas en las que se puede poner en práctica; puedes hacerlo sentado o parado (con los ojos cerrados o abiertos suavemente), caminando lento y contando cada respiración (cada respiración equivale a una inhalación y exhalación). El objetivo es respirar suavemente, con calma pero sobre todo, siendo consciente de la acción. Cuando los pensamientos llegan, la idea es no analizarlos y seguir respirando y contando. Hay muchas otras actividades que se pueden realizar en dos, seis, ocho minutos, pero todas son muy simples. No importa si lo haces caminando, sentado o incluso lavándote los dientes, la idea es interrumpir el pensamiento sobre el futuro y el pasado. Los resultados pueden ser bastante tranquilizadores.

Con respecto a la compasión, la profesora explica que el objetivo es nutrir acciones como la bondad y el amor para uno mismo y para los demás.

“Al cultivar la compasión y la buena voluntad en la nuestras vidas puede servir como ungüento para sentimientos como la angustia empática”, explica Rebecca. ¿Cómo funciona? La práctica va muy de la mano con el mindfulness y las actividades que se deben realizar también son muy similares; puedes estar sentado o parado (con los ojos suavemente abiertos o cerrados) o caminar lento y en ese proceso, puedes repetir frases como: “que pueda estar seguro, que pueda estar sano, que pueda ser feliz, que pueda estar a gusto”. Puedes repetir esto cuantas veces quieras.

Si quieres, puedes guardar esta frase para ti o también puedes enfocarte en otra persona (colega, amigo, familiar… ). En ese caso la frase sería algo así: “que estés a salvo, que estés sano, que seas feliz, que estés a gusto”. Después, la idea es que también puedas pensar en un grupo con el que estés conectado, como tu sala de clase; en ese caso, la frase repetida se diría de la siguiente manera: “que podamos estar seguros, que podamos estar sanos, que seamos felices, que podamos estar a gusto”.

“En un estudio, aquellos que se involucraron en la práctica de la compasión durante siete semanas informaron una notable diferencia emocional: un aumento en la gratitud, satisfacción, esperanza y alegría, y una disminución en la ansiedad y el estrés”, cuenta la profesora.

Todos los profesores, sin importar el contexto, tienen un trabajo enriquecedor pero desafiante. Una forma de continuar con esa la labor con entusiasmo, implica no sólo tomar medidas para que los estudiantes estén bien, sino utilizar herramientas que permitan atender las necesidades propias de forma rutinaria. Para que los alumnos estén bien, hay que estar bien y lograrlo implica manejar la propia angustia intencionando situaciones como la calma mental.

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2018-06-01T17:49:22+00:00 junio, 2018|Los profesores importan|1 Comment

One Comment

  1. Manuel Castro Morán junio 11, 2018 at junio, 2018

    Bastante interesante, instructivo y necesario tenerlo en cuenta en nuestro diario vivir

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