
Este 18 de junio murió José Saramago. Portugués, escritor, periodista, poeta y dramaturgo, ganador del premio Nobel de Literatura en 1998, autor de El Evangelio según Jesucristo y Ensayo sobre la ceguera, falleció hoy a los 87 años.
Las dificultades económicas de familia, hicieron que Saramago tuviera que dejar la escuela y trabajar para mantener a su familia. Mientras se dedicaba aprender y trabajar como cerrajero, dedicó parte de su tiempo a leerse completa la biblioteca pública de su barrio, “Y fue así, sin ayudas ni consejos, apenas guiado por la curiosidad y por la voluntad de aprender, que mi gusto por la lectura se desenvolvió y pulió”, cuenta en la autobiografía de su web.
Fue esa misma curiosidad la que marcó su obra, la que podía verse a través de sus letras, a través de su especial capacidad de “volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”, como destacó la Academia Sueca al otorgarle el premio Nobel.
Al revisar su obra vemos aparecer pasajes que hablan de lo importante de mantener vivo al niño que llevaba dentro, el que decía, lo seguía acompañando en su camino. Niño al que había que alimentar a medida que pasaban los años, educándolo. Y es aquí donde radicaba uno de sus temas de preocupación, para Saramago, los maestros eran los verdaderos héroes de nuestro tiempo, dijo, ya que han tenido que tomar en sus manos todo el rol educativo que corresponde a las familias, teniendo que encargarse no sólo de la instrucción de jóvenes, niños y niñas, sino también de la entrega de valores.
El autor, de padres y abuelos analfabetos que le enseñaron a creer en lo imposible, mantuvo viva su inquietud, curiosidad y creatividad, llegando a convertirse en uno de los mayores escritores en lengua portuguesa, reconocido en el mundo entero.
Para disfrutar y agradecer, “La Flor más grande del Mundo”:
Una de Saramago: “Si el mundo alguna vez consigue ser mejor, solo habrá sido por nosotros y con nosotros.”